lunes, 25 de julio de 2016

La maldición de la fe

Desearía no ser tan idealista, tan pesimista. Dejar de vivir en lo que anhelo, y más con los pies en el suelo. Tener esta estúpida fe en lo más hondo de mi alma, pues aunque el entorno es hostil y ya debería haberse extinguido hace tiempo, sigue ahí, arraigada como un clavo ardiendo.
Cada día espero aceptar el hecho de que no deseas mis ojos, sino mis labios; de que no buscas mi corazón, sólo mi cuerpo. 
Sí, no sé qué daría por extirpar de mí el acto involuntario de abrirme a cada pequeño deseo o muestra de afecto. 
Pues si ni siquiera la persona a la que estuviste unida desde los primeros segundos de tu existencia, es capaz de adivinar hasta dónde llega tu profundidad, hasta dónde alcanzan tus sombras, tus desvelos, tus miedos, o de entender todo el universo que supones... Entonces, ¿qué esperanza hay de que alguien más lo haga? 
Y ésa es la cruda realidad. Pero no queremos aceptarlo. Luchamos contra la soledad sin recordar que venimos solos a este mundo y que nos vamos solos de él. 
Dicen que somos libres, pero... ¿acaso podemos elegir lo que sentimos? ¿Podemos elegir lo que nos duele, lo que nos afecta? ¿Acaso no somos sólo frágiles títeres de las emociones?
A veces aceptamos el placer, conscientes del futuro dolor. Aceptamos esa felicidad escasa que luego no estará a la altura del daño, pero... siempre será mejor haber amado y haber perdido, que no haber amado... O al menos ésa es la excusa que nos damos. 
Mi verdad es sencillamente que no tenemos elección. Sucumbimos al laberinto emocional involuntario, incapaces de resistirnos a sentirnos vivos, a sentirnos acompañados... Aunque sea todo una mentira. 
Cómo me gustaría fluir en armonía, dejándome llevar por mis instintos y la corriente del azar. No dudar, no temer equivocarme, no temer arrepentirme, no temer al dolor. Ser hedonista, pues la vida es escasa y si no explotamos lo bueno, acabaremos sumidos en lo malo, día tras día... 
Ser egoísta, y no regalar mi cariño tan gratuitamente, pues está visto que lo que no cuesta no se valora; y que la lealtad y el apoyo, a veces reciben en recompensa traición y abandono. 
¡Ah, pero esta maldita fe tan odiosa, tan enemiga! No me deja aprender que no siempre encuentras una mano que te ayude a salir del fango, que no hay hombros incondicionales sobre los que llorar, que se valora más el exterior que el interior, y que no debes confiar en nadie, ni siquiera en ti misma, pues sin lugar a dudas, tu principal enemiga eres tú. 
Sí, tú. 
Es paradójico aceptar fe con dolor. Pero ahí sigue, ignorante, inocente, refulgente... como una niña que aguardará hasta que el frío destino se deslice por sus frágiles miembros y la haga pedazos. 
Y así, vacía y escarmentada, serás la voz de la sabiduría.